No sé si me quedé en la penúltima estación o es que los trenes pasan a (ya no tan) alta velocidad, sin embargo aquí estoy en el andén dudando si subirme o no a esta tecnología que ya parece obsoleta, anacrónica, vetusta y ajena a nuevos tiempos en los que todo pasa y nada queda.
Me cuesta recordar como funciona este artefacto sin rumbo ni destino, en los que antaño lo ocupaban pasajeros fieles que disfrutaban de un trayecto lleno de charla, alegrías y desventuras y, sobre todo, un enorme espíritu viajero.
Me subo, no me subo, me apeo... escribo de tirón sin tener muy claro cómo comparto un vídeo, decoro con tipografía lo destacable o desdeñable, y si alguien se anima a compartir el viaje a quién sabe dónde.
Me reincorporo como empecé: viajando solo con mi libreta de apuntes y escribiendo para mí y aquel, aquella o aquelle que quiera releer de reojo o iniciar una conversación con un mínimo de sentido. Sin aspiraciones, sin destino, sin pausa y sin prisa.
Me subo y a donde este viejo vehículo, seguro cual tren de la bruja me lleve... ¡Qué cojones! (¿se puede decir coj*** o esto también está censurado?)
Nos vemos, o no, en la próxima parada...
(...)
"Nunca viajo sin mi diario. Uno debe tener algo sensacional para leer en el tren".
Oscar Wilde